RUTA BICI 1

Algunas rutas en bici hemos hecho desde el club estas fiestas. Lástima que los socios de la sección ciclista sólo nos hayan hecho llegar fotos de dos de ellas. Angel, que lleva la batuta del asunto en la zona de La Serena, es el que más mueve los pedales y el que empuja en esa dirección y supongo que él lo narraría con algo más de implicación que con que yo lo hago ya que es quien realmente disfruta subiendo cuestas y fijándose continuamente nuevos retos tubulares, pero como yo también he participado en alguna de ellas, ahí va un pequeño recordatorio.
Entre esos retos citados, están los nuevos sitios que visitar, que son muchos y eso es precisamente lo que nos ha movido a trazarlas en la zona de monte, cerca de Cabeza del Buey, entre las provincias de Badajoz, Córdoba y Ciudad Real . En realidad sólo hemos pisado, casi de forma alternativa, en las dos primeras pero hemos estado muy cerca de la tercera que hubiéramos alcanzado si hubiésemos seguido el curso del Zújar un poco más (será la próxima). Los nuevos sitios no lo son del todo, ya que algunos de nosotros ya habíamos estado en parte de ellos y tan sólo (que no es poco) ha supuesto la aportación de una nueva perspectiva desconocida a un lugar ya visitado. Desde el punto de vista ciclista sé que son las nuevas cuestas, bajadas sin freno, barrancos, y cortafuegos poblados de vegetación que impiden un transitar fácil, los que han contribuido al divertimento, amén del número de kilómetros que el segundo día sumaron casi treinta y ocho.
Para la primera ruta, la cuadrilla sobre ruedas la compusimos Upe, Manolo, Angel y yo. El lugar de reunión ya ha sentado precedente por lo que se torna incuestionable: el polideportivo municipal de Cabeza del Buey. Desde allí tomamos la carretera de circunvalación en dirección a Córdoba para desviarnos a la izquierda en el Puerto del Almonacid, desde donde abordamos la primera cuesta de tierra y donde el “pelotón” empieza a estirarse hasta llegar al tramo horizontal que divide el valle de las Aguzaderas del de la Venta donde volvemos a reunirnos . Y justo cuando encontramos el cruce para desviarnos a la izquierda hasta el primero, seguimos rectos y un poco a la derecha y arriba para transitar a lo largo de la cuerda de sierra que separa el Valle Peluye (perpetuación del de la Venta) del de la Mimbre (siguente al de las Aguzaderas). Si alzamos un poco la vista, a la derecha se abre el inmenso Valle de los Pedroches con el castillo árabe de Belalcázar, como guardián. A la izquierda las enormes sierras del Enjugadero nos tapan cualquier otro horizonte posible aunque será en esa dirección en la que vayamos cuando desde el Valle de los Conejos nos descolguemos (literalmente) por el cortafuego que nos lleva hasta la Mimbre.
Hacemos un pequeño alto y tomamos un tentempié después de atravesar un jaral “bici al hombro” para iniciar de nuevo el camino en nuestra montura a través de olivares hasta cruzar el Arroyo del Buey, en el que refrescamos involuntariamente los pies, y luego el túnel de “Las Cabras” por el que pasa el tren que va a Madrid.


Hasta ahora la ruta ha añadido algún aliciente imprevisto como la visión de los buitres girando en pleno vuelo , aunque será a partir de aquí cuando el camino entre pinos de la sierra del Enjugadero nos ofrezca un nuevo divertimento al tener que optar por alguna de las diferentes alternativas para bajar de la sierra que los varios caminos y cortafuegos nos ofrecen . Todos están sembrados de “bañas” llenas de barro y “tomadas” cada noche por los jabalíes de la zona. Al final optamos por el más hollado, movidos por la prisa que la hora nos impone. Atravesamos así, el Enjugadero de abajo y volvemos por la pista que va de Zarza Capilla a Cabeza del Buey, aunque las variantes a esta opción vendrán los siguientes días en que se repetirá la ruta para desmenuzar bien la zona.

 RUTA BICI 2

La segunda “ruta nueva” propuesta, sólo es secundada por Angel y por mí, que sin pensarlo, acometemos el sábado por la mañana. Ya no tenemos más días para poder intentarlo y ésta es nuestra última oportunidad antes de poder volver a reunirnos para ello. Ya se encargará él (me consta) de guiar al resto del grupo en otra ocasión para que conozcan lo que se perdieron.
La salida es el Camino de Campofrío en dirección al túnel y desde allí hasta la Vega del Durazno, dejando atrás Huerta Grande, Huerta Chica y el cerro “Mala Monea” a nuestra izquierda. El descenso hasta la vega se hace duro ya que el camino está intratable, sembrado de piedras por todos lados que invitan a pararse y disfrutar de la vista del arroyo encajonado entre dientes de sierra y acompañado, prácticamente en todo el trayecto, por la vía del tren.
Una vez en la vega, parece que se termina el camino, flanqueado a diestra y siniestra por una alambrada cinegética de dos metros de altura que impide el paso a cualquier vehículo menos...a una bici. Y claro, tuvimos que saltar la puerta (que cerraba a cal y canto un camino de uso público, de acceso a varias propiedades que componen el coto de caza) con las bicis al hombro; no nos quedaba otra.
Seguimos paralelos a la vía del tren, subiendo y bajando pequeñas pendientes hasta que la vía gira radicalmente hacia la derecha, camino al Valle de Alcudia, donde hacemos nuestro primer alto para disfrutar de la vista del Castillo de la Joya y los ríos Zújar y Guadamatilla a sus pies. Tiramos un par de fotos sin pensarlo mientras echamos un trago de agua y un pequeño aperitivo a base de polvorones.
Reiniciamos nuestra marcha girando a la izquierda para recorrer un repecho que nos llevará a trasponer hacia el valle del Arroyo de la Nava que en ese término casi llega a su final pues el Zújar, su objetivo, está a un paso. Bajamos hasta el mismo arroyo con los frenos libres por un camino de umbría que aún mantiene el hielo de la noche intacto y que vuelve el piso de raro color blanco. A la carrera, aún se puede ver el río allá abajo, que se estanca en una especie de “tabla” cerca de la carretera que va a la estación de Belalcázar.
Por todo el tramo del valle que recorre el Arroyo de la Nava, que nosotros andamos a contracorriente, salen mil perdices al paso silencioso de las bicis. A pesar de que las conocemos bien, su piar de alerta nos sorprende cada vez que sale alguna a nuestro lado. Tienen su comida por todas partes complementada con el maiz que su cuidador disemina a lo largo del camino, también para los jabalíes, supongo y alguna que otra especie que más adelante nos sorprenderá.

Antes de girar siguiendo el trazado del arroyo nos desviamos hacia la derecha haciendo un pequeño ascenso hasta un collado desde donde haremos más fotos y echaremos otro trago. Ya estamos en el Valle de la Madera y propongo a Angel el camino de la derecha que nos llevará al mismo sitio que su alternativa, pero que yo no conozco. La elección es acertada ya que nada más empezar a bajar hasta el Arroyo de la Madera giro la cabeza y me doy cuenta de que un rebaño de una especie de cabras (que luego constataría como muflones) marrón oscuro con una traza blanca en los cuartos traseros, corre a nuestro lado y de nosotros. Apretamos el paso mientras intentamos desenfundar la cámara para después poder enseñarlo a los demás, pero ya es demasiado tarde; su paso es muy rápido. Paramos un momento para comentarlo y otra perdiz levanta el vuelo. La seguimos con la mirada hasta que al cruzar contra el pecho de monte de enfrente vemos una mancha lejos, muy bien camuflada que se mueve con prisas, como si flotara, arrastrando monte a su paso; nuestra suerte no se acaba: la mancha resulta ser un par de ciervos (macho y hembra) que huyen de nosotros y así se delatan a nuestra visión.
Damos media vuelta a las bicis y volvemos en dirección al Torozo por el valle en que estamos para dar con un contraste fuerte de temperatura hasta el punto de poder ver nuestro aliento, a las dos de la tarde en un día tan soleado. En realidad estamos pasando por una zona entre pinos, que no ha alcanzado el sol en todo el día, de la que sacamos más fotos, sobre todo cuando localizamos varias charcas totalmente heladas sobre las que podemos caminar sin problemas . Cuando empezamos a notar el efecto del fresquito en el cuerpo nos damos prisa por empezar la subida hasta la base del Torozo, donde empieza el verdadero calvario: antes, una naranja y un último trago de agua; después el único paisaje que se ve es la rueda de delante sorteando los chinatos redondos que hacen perder tracción y echar por tierra cualquier pedalada que uno intente dar para avanzar un poco. Aunque haya que subir, parar y mirar hacia atrás repasando nuestro recorrido, produce alivio y hasta un poco de sorpresa.
Ya en el Puerto de la Umbría y como último reto, sólo nos queda dar con el camino perdido que enlaza la pista de descenso con el Puerto Blanco. La localización no nos ha costado demasiado pero la aventura todavía no termina, pues aun tenemos que echar la bici al hombro entre las jaras que pueblan el camino perdido para poder volver a montar cien metros más adelante (foto ciclos 17). El último tramo hasta la pista “Zarza Capilla – Cabeza del Buey” y desde allí hasta el final de nuestra ruta es un plácido descenso en que volvemos a soltar los frenos y a medir la velocidad que somos capaces de alcanzar.
Una vez en casa, repasar el recorrido con un mapa delante, es prácticamente imprescindible para fijar bien en la memoria los diferentes lances del día.