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DESBANCANDO A LOS DIOSES

 

>> CRÓNICA por .... Roberto Villalba.

Desde el principio de los tiempos, cuando se construyeron las primeras civilizaciones, el hombre ya soñaba con volar.
Este sueño que obsesionó a los hombres, ya se encuentra expresado en tablillas cuneiformes que datan del 2000 a. C., y que cuentan que Etana, un rey babilonio, cierto día recogió un águila herida, la curó y le devolvió la libertad. El águila, para agradecérselo, le preguntó que era lo que quería como recompensa. Etana deseaba, para curar a su esposa, una hierba mágica propiedad de la diosa Ishtar. Esta hierba se encontraba en el cielo y el águila se ofreció para llevar a Etana hasta allí. Agarrado firmemente al ave, el rey se fue alejando de la tierra y vio que las grandes montañas se asemejaban a colinas y los océanos a mares y éstos, a lagos. Pero una vez pasado el primer asombro, Etana sintió que el vértigo se hacía presa en él y cayó a la tierra.
No obstante, esta leyenda continuó despertando los deseos del hombre, las ganas de poder sentirse totalmente libres como las aves; lo refleja la mitología griega con la historia de Dédalo e Ícaro. Dédalo era un superdotado en genio y talentos múltiples. Arquitecto, escultor e ingeniero, había hecho numerosos descubrimientos que le habían valido no sólo el reconocimiento de sus conciudadanos atenienses, también sus celos y odios. Decidió entonces exiliarse y se refugió en la tierra del rey Minos, que lo tomó de inmediato a su servicio. Minos encargó a Dédalo que construyera un laberinto para dar un techo al minotauro, recién traído al mundo por Pasifae, y encerrarlo. Cuando vino Teseo a enfrentarse a él, fue Dédalo quien dio a Ariadna la idea de utilizar una madeja de hilo. Minos se enteró y encerró a éste y a su hijo Ícaro en el laberinto. Dédalo construyó unas alas de cera y plumas que pegó a los hombros de su hijo y a los suyos propios y le aconsejó, antes de emprender el vuelo, que no volara demasiado bajo, pues las alas no le sostendrían, ni demasiado alto, pues el calor derretiría la cera. Los dos hombres levantaron el vuelo y Dédalo llegó de una tirada hasta Cumas, en Italia, donde acabó sus días. Pero Ícaro, jubiloso y embriagado por el vuelo, se creyó capaz de llegar hasta el cielo para ir a mezclarse entre los dioses. Remontó el azul sin límites hasta que el sol derritió la cera de sus alas y cayó sobre el mar que hoy en día lleva su nombre, cerca de la isla de Icaria, al sur de Samos. Allí se mostró durante mucho tiempo su tumba, donde Dédalo gravó con su propia mano la triste historia de su hijo.
El tercer héroe legendario que pretendía alcanzar el cielo fue Belerofonte, al que se consideraba hijo de Poseidón. Fue exiliado de Corinto a la tierra del rey Yóbates, que le puso a su servicio. Su primer trabajo fue matar a Quimera, un monstruo con cabeza de león, cuerpo de perro y alas y cola de dragón que además exhalaba vapores y llamas. A Belerofonte le hubiera resultado mucho más difícil vencerla, de no haber sido porque encontró a Pegaso junto a un manantial, un caballo de extremada belleza y alas que le permitían volar. Con él, derrotó a Quimera y realizó muchas más hazañas. Todo esto le hizo albergar tal orgullo, que quiso subir hasta el cielo, pero Zeus le fulminó a medio camino y el héroe volvió a caer a la tierra.
Muchos intentos fallidos obtuvo después el hombre por volar. Se sabe que en China, hace 2000 años, había acróbatas que se elevaban suspendidos en grandes cometas atadas al suelo. Posteriormente, ya en el Renacimiento, Leonardo da Vinci (1450-1519) inventó la hélice, el helicóptero, el paracaídas y diseñó una máquina voladora con forma de alas de murciélago.
Poco a poco el mundo del vuelo ha evolucionado hasta nuestros días, en los que podemos disfrutar de aviones que nos trasladan a cualquier parte del mundo u otras formas de volar más aventureras, como el globo o el ultraligero.
Mi poca experiencia con el parapente, y mis ganas de poder estar cada día un rato más, ahí, “rascando” la ladera, me hacen sentir como un semidiós de los que antes he hablado. Y sus historias me hacen ver que no se debe sentir pánico de la altura, como sintió Etana, sino disfrutar de los paisajes que me ofrece. Tampoco he de precipitarme como Ícaro, embriagado por las nuevas sensaciones, sino escuchar los consejos de los más expertos, ya sea en los despegues ó en cualquier otro sitio y, por supuesto, tendré que recordar que a la hora de competir siempre puede haber algún Zeus que me derrote.

 

Roberto Villalba.

 

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