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Día de vuelo en Zarza Capilla octubre 2004....Roberto, Alfonso y Adolfo.

 

OTRO VUELO- ZARCA CAPILLA.

 

>> CRÓNICA por .... Adolfo Silva.

“Hacia la luz”Luz había por todos lados y hacia ella parece que nos dirigiéramos intentando retenerla, cuando desaparecía poco a poco en el horizonte, después de haber estado volando una hora y media a lo largo y ancho del cielo de la Serena. Hacia la luz de una tarde que se escapaba por el horizonte y que no duraría mucho tiempo más, pero que nos dejaría un recuerdo nítido. Mirando las fotos de la última aventura en el aire, las sensaciones vuelven, aunque ya sólo a modo de muestra de lo que ha sido. Suficiente como para volver a usar la jerga “prohibida” y poder contarlo.

Viendo el cielo gris y sintiendo las rachas de viento fuerte en mi cara cuando volvía el domingo por la tarde al lugar de mi trabajo, no me quedaban muchas esperanzas de vuelo para el martes, por lo que poco ó nada haría a nadie presagiar una tarde como la que nos esperaba.


El caso es que ya el martes, después de pasar la mañana en el campo, comprobando una y otra vez que la brisa de noroeste azotaba las copas de las encinas de forma suave y en ciclos más ó menos constantes, y que las nubes eran enormes cúmulos bien formados como hacía tiempo que no veía, no pude aguantar más y llamé a Alfonso y a Roberto para contagiarles mi agitación: las condiciones eran idóneas; No tuvimos que hablar mucho: a las cuatro y media en la explanada del cementerio. Un poco tarde, sí, pero mejor tarde que nunca, siempre y cuando no se vaya solo a volar. Uno empieza a acostumbrarse a no estar solo en el despegue y, aunque no a depender de ello, sí a valorar lo importante que resulta iniciar el vuelo con la confianza de una ayuda segura.

En el coche, mientras Roberto y yo nos acercábamos a Zarza, recordaba un día semejante, hacía ya dos años, en que Víctor (Azuaga), Félix (Villagarcía de la Torre), Pepe Emilio (Bienvenida) y yo habíamos volado hasta la saciedad, por espacio de tres cortas horas y mientras observaba las grandes nubes con contornos bien definidos, le comentaba a mi compañero de vuelo las posibilidades de cross que se brindaban ante nuestras narices.
Alfonso y Antonio habían llegado ya desde Villanueva de Córdoba y estaban esperando impacientes así que, confiados en poder volar, después de dejar un coche en el aterrizaje oficial (Zarza Capilla Nueva), lo que venía a confirmar las buenas condiciones de la méteo, (de lo contrario hubiéramos subido con los coches hasta la explanada del cementerio temiendo que alguno no fuera capaz de enganchar el vuelo), iniciamos el ascenso.

“Roberto, Antonio y Alfonso esperando antes del despegue”Nosotros, los que ahora volamos en Zarza, no vamos a por los “récores” ni intentamos mostrar nada nuevo al mundo del parapente; la satisfacción de un buen vuelo en que cada vez aprendemos algo nuevo acerca de lo imposible del aire, es suficiente. Así, parece que habíamos previsto bien el enganche y ahora tanto Alfonso como yo, sólo pensábamos en trincar el alturón del siglo; con esas nubes tan inmensas casi no habría ni que girar para ganar la altura deseada. Sin embargo, habíamos ido demasiado rápido en nuestra expectativa; el tiempo estaba pasando y las condiciones térmicas, que seguían siendo buenas en altura, ya no permitían un despegue seguro con vientos de hasta 29 Km/hora cada vez que entraba un ciclo. La prudencia nos obligó a sentarnos y a esperar impacientes a que el viento se “ajormara” (entrara en la horma, en el intervalo de velocidad idóneo para nuestros planeadores). Cada vez que venimos a volar a Zarza y nos encontramos con que “está fuertecillo”, Alfonso está seguro de que al final se “ajorma”. Y las mil tardes que hemos esperado para volar le dan la razón; lo malo es que al final pueden ser las diez de la noche y estemos ya de vuelta sin haber abierto la vela; lo bueno es que gracias a la presencia de una buena compañía, los minutos y, a veces, las horas que se pasan en un despegue, son tan gratos como los que se pasan a solas en el aire. Además no es tan malo que dediquemos algún tiempo a planificar el vuelo mientras observamos el entorno; la facilidad en el despegue es una trampa que nos hace olvidar tomar las precauciones necesarias.

“Preparando la vela”Por fin, después de medir muchas veces con el anemómetro y de tomar varias fotos, Antonio entiende (como siempre, antes que nadie) que ya puede prepararse. El ánimo empieza a agitarse y nos hace olvidar el frío que empezaba a hacernos mella a pesar de la protección del mono. El orden de salida empieza a ser rutina: él fue el primero y luego, cuando nos asegura por radio que arriba se está “mejor que nunca”, Roberto despliega su “Atlas” para encararlo, cada vez con más confianza, a la llanura. Alfonso y yo, que le hemos ayudado al primer tirón, le vemos alejarse sin problemas hacia su nueva experiencia de un vuelo de más de una hora.
 
"Ganando altura"Por último después de ajustarme la cámara en la pierna para fotografiar todo lo que se me pusiera por delante, abandonamos el despegue, deseando reunirnos arriba con el resto de la expedición. Un golpe de vario nos anunciaba, con un pitido incesante, la inminente subida; el éxito estaba asegurado.

Tristemente compruebo que a las seis y media apenas quedan térmicas pero la restitución es tan fuerte que nos permite alcanzar hasta trescientos metros sobre el despegue en una perspectiva maravillosa desde donde inmortalizo al resto de mis compañeros que, en silencio, exploran los rincones de la sierra y del comienzo de la gran l“Roberto y Alfonso sobre la llanura”lanura seca: zonas de jara y jaguarzo, olivares perdidos, roquedos, alcornocales entre peines de cuarcita que parece que lleven allí desde siempre; caminos, chozos, cortijos con sus eras y sus rebaños, hojas de siembra recién labrada y preparada para la lluvia...El mosaico es interminable. Por supuesto, desde arriba se ven todos los pueblos hasta donde alcanza la vista, unidos por las carreteras que serpentean pequeñas y estrechas allí abajo.

Sólo el sonido del aire atravesando el suspentaje unido a la variación de la referencia sobre el suelo, me dice que avanzo en la dirección elegida cuando la sensación es de anclaje debido a la altura y a la inmensidad del paisaje. Y sólo la radio rompe ese silencio cuando la voz de Roberto nos pregunta a qué altura estamos. Le contesto. Luego, suelto los mandos del manejable y seguro “Ambar” y les fotografío varias veces con el pantano y el castillo de Puebla de Alcocer al fondo.
La libertad allí se traduce en que cada uno va hacia donde quiere explorando las posibilidades que su planeador y la zona le ofrecen. Pero hoy, como si estuviéramos de acuerdo, vamos casi juntos desde las Poyastas hasta la punta de la sierra que desemboca en el pantano para, desde allí, volver hacia el pico Torozo mientras disfrutamos del enorme contraste del paisaje de la Serena con el del Valle de Alcudia con el que me autofotografío.

"Los torpedos humanos"

"Los torpedos humanos"

”Antonio va hacia el aterrizaje”Los últimos rayos de sol nos permiten jugar en las curvas de la sierra, yendo hacia la llanura en dirección a Cabeza del Buey, hasta donde parece (y sólo parece) que llegaríamos, olvidando la limitación de nuestra vela y de las últimas ráfagas del día. La realidad nos acerca al suelo, del que huimos volviendo al amparo del plano de aire, volviendo a subir. A nuestra izquierda La Cabezuela, la Cabeza de la Almagrera y Almorchón, en ese orden, se van difuminando debajo de nuestros pies, seguidos de la sierra de Tiros y continuando la pared en una especie de circo gigante hasta Castuera.

La escasa luz, como siempre, nos impone un pronto aterrizaje que realizamos sin problemas, no sin antes volver a disfrutar de la vista de Zarza Capilla desde arriba. Una vez igualados al resto de paisanos, que se acercan a comentar con nosotros el vuelo y las bondades de la tarde, damos por terminada nuestra sesión aérea esperando poder repetirlo cuanto antes.

Sin embargo y debido a que en esta zona hay una gran tradición cinegética, ahora que estamos allí, aprovechan para pedirnos que suspendamos el vuelo hasta la celebración de la cacería prevista en esta cara de la sierra para dentro de veinte días: el disfrute de esta zona requiere este tipo de compromisos a los que debemos plegarnos, aunque sea de mala gana. No parece que el vuelo de ladera y la práctica de la caza sean simultaneables, ni en esta ni en ninguna otra zona de vuelo a pesar de que desde arriba no hagamos daño alguno. Por supuesto, consentimos sin dudarlo; la sintonía entre todos es necesaria.

La agradable sensación de un vuelo como el de hoy, nos durará, al menos, las tres semanas de resignación a que hemos de someternos.

 

Adolfo Silva.

 

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